Un voyerista vive dentro de cada ser. La natural curiosidad que sentimos frente al sexo y sus intrincadas facetas es inherente al ser humano, y la forma que tiene más a la mano de expresarse es observar. Esa debe ser una de las razones por las cuales mucha gente disfruta las películas triple X, los videos porno que se hallan en internet y el sexo en vivo.
La otra cara de la moneda obedece a las tendencias, a la moda, a ser ‘cool’, a atreverse... y se expresa en el hecho de interpretar el rol protagónico de alguna cinta casera subida de tono que decidiste hacer por diversión, por amor o por las dos cosas y luego terminó siendo pública. No importa si lo hiciste en el más idílico y privado de los contextos y con alguien que gozaba de tu entera confianza.
Entonces se te viene el mundo encima y quisieras meter la cabeza dentro de la tierra como el avestruz. El peso de la evidencia hecha piel desnuda y coito salvaje es insoportable; tiene el mal sabor de la vergüenza.
Es innegable: cada vez es más común, y también cercana, la experiencia de víctimas mediáticas que, después de haber cedido a la tentación de filmarse haciendo el amor, quedan expuestas en la red a la vista del ojo público.
Pero filmar el sexo, en especial cuando se trata de una faena prodigiosa con inclusión de juguetes, cambio de posiciones, prácticas de ‘bondaje’ y ‘blow jobs’ de lujo, puede constituirse en una aventura indeclinable para una pareja de amantes en estreno; como también convertirse en un novedoso estímulo cargado de intrepidez para aquellos que padecen los estragos de la rutina.
Documentar en un video tus encuentros eróticos puede asumirse como un acto de complicidad con ese otro con quien compartes las sábanas, algo que debería contribuir a estrechar el vínculo. Sin embargo, todos sabemos que es un arma de doble filo.
Es claro que, en esos instantes de pasión desbordada, la razón se bloquea y las barreras emocionales que te ayudarían a blindarte de desenlaces embarazosos se derriban como por arte de magia. Sobre todo, frente a alguien que te lo hace tan rico y, además, te solicita o insinúa que transformen esa ocasión especial en un momento literalmente memorable. Tú accedes con total ingenuidad, o peor que eso, eres tú quien ha tomado la iniciativa.
Sé lo que experimenta tu ego (una inflada de proporciones estratosféricas) cuando tu novio sugiere hacerte unas fotos artísticas con el torso desnudo porque tienes las mejores tetas del mundo. Me identifico con esa sensación de júbilo que te producen los halagos de tu pareja cuando musita en tu oído que eres tan apetecible y perfecta como una conejita Play Boy.
Sé lo susceptible que eres en ese preciso momento a cometer cualquier diablura, cualquier acto que pueda tildarse de irreverente o ilícito. Sé lo dispuesta que estás a desnudarte frente al lente de la cámara, abrirte de piernas y mostrar, cuál chica traviesa, el fruto prohibido de tu clítoris o dejarte hacer una toma de ‘close up’ mientras él te posee.
También sé que en esos instantes de fugaz demencia no alcanzas a imaginar a tus hijos viendo en Alta Definición la película equivocada, ni lo que gozarían tus compañeros de oficina o de clase al observarte gemir.
Ser precavida sería una alternativa... si contaras con una caja fuerte cuya combinación fuese de tu exclusivo conocimiento.
Relajarte y no pensar mucho sería otra... siempre y cuando sí, y sólo si tuvieras pretensiones, aspiraciones, dotes y actitud de actriz porno.
Entonces goza de tu cuarto de hora.